
Tras mi episodio en la montaña, y matarme a hacer Cheesecakes y Tartas Tatin para despedirme de la familia de Georgina, que tan bien me habian tratado, el Martes fui al Centro Histórico de Quito (si, tras casi un mes aquí, lo había visitado todo menos la ciudad,...) con Cinthia, una ecuatoriana que habia conocido en Colombia. Entre otros, vi el Panecillo (que es una vírgen gigantesca que se apoya en la cima de una colina desde la cual se ve gran parte de la ciudad), muchas iglesias exageradamente decoradas (juro que parece que en la época en la que se construyeron el oro era más barato que la piedra, porque mires donde mires, solo ves reflejos dorados), y el Museo del Alabado. Este último, a la que me llevo Cinthia, no salia en ninguna de las guias (tampoco es que lleve ninguna encima,...) ni nadie me habia hablado de él, pero ME ENCANTO. Ahora viene lo raro, era de arte preinca, museos que normalmente se me hacen tediosos por la cantidad de ellos que ya he visitado, pero no se si fue porque la remodelación de la casa, que era originalmente del 1671, era realmente hermosa (había una sala donde la pared de 7 metros estaba cubierta de vegetación frondosa,...) o porque el guia (que era gratis) era muy bueno, pero de verdad me gusto. Era gracioso, porque el hombre te decia siempre algo como "Esta figura tiene tal, porque creeis que sera?", y después llegaba el aluvión de respuestas tontas (si hubiera sido un examen real, no hubieramos salido muy bien paradas,...) que se nos pasaban por la mente,... Además, habian unas figuras que parecian futuristas, pues parecian mujeres con pelucas de corte cuadriculado y cuerpos ligeramente redondeados,... y había hasta una aguja de metal que podria haber sido perfectamente actual y un botón con los cuatros agujeritos en el centro!
Bueno, por lo demás, aunque aquella noche se suponia que iba a salir para Cuenca, Cinthia me convenció de quedarme un dia más para podernos ir a las Termas de Papallacta, unas termas naturales a una hora y media de Quito. Sinceramente, valió la pena. Las termas eran unas 8 piscinas (creo que también había una sauna natural) de diferente tamaño, forma y temperatura en medio, literalmente, de la nada. La mejor hora para ir era sin duda de noche, pues al estar el sitio rodeado solo de naturaleza, lo único que se veia desde el agua eran las miles de estrellas que decoraban el cielo (aunque yo tuve que esperar a ponerme las gafas para verlo jaja) y el vapor de agua que se elevaba de la superfície de las piscinas, provocando que cualquier persona que se encontrase a más de un metro de distancia de ti, no fuera más que una sombra emborronada. Lo bonito del sitio es que además abren tanto para ver el amanecer (a las 5am), que tiene que ser precioso, como para ver el atardecer y la noche (cierran a la medianoche).
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